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Características del lenguaje político

El análisis del lenguaje político tiene un extraordinario interés, tanto a lo que se refiere a sus características como en lo relacionado con su génesis. Ambos aspectos son extraordinariamente sugerentes, pues aportan relevantes claves de interpretación.

viernes, 04 de septiembre de 2020
Este lenguaje político de hoy que tanto cambia y tanto nos fascina comprender porque oscila desde la más cuidada oratoria hasta el coloquialismo que ralla lo soez. Hoy, más que nunca, el lenguaje político refleja la vaciedad de contenidos y valores en la mayor parte de los programas electorales y la apuesta firme por el espectáculo aún a sabiendas que no tiene nada que ver con las necesidades de los ciudadanos… Un lenguaje que se aleja de las personas en lo racional y aviva pulsiones e instintos en lo emocional para intentar distraer a quienes miran el dedo en vez de a la luna que señala.
 
El lenguaje político ha bebido de la inmediatez de las redes sociales y se construye más a golpe de tuit (como Donald Trump, presidente de los Estados Unidos) o de frase de Instagram unido a la imagen entendida como TikTok… Y no lo indico para criticar las formas de estas redes sociales, sino para reflexionar que el lenguaje político, porque representa la responsabilidad de impulsar la democracia e inducir al debate y a la resolución de los problemas de cada época, también se merece una profundidad de la que carece en la inmensa mayoría de sus formas: mítines, declaraciones, artículos, comunicados, etc.-.
 
¿Qué percibimos hoy del leguaje político? Sus factores intencionales condicionados por la inherencia de su producción. Por ejemplo: 

Su autoría colectiva. Cualquiera que sea el partido en cuestión, las complejas estructuras organizativas terminan condicionando el tipo de lenguaje que de ellas emana. Los partidos organizan su discurso a través de ponencias o manifiestos. Estos acostumbran a estructurarse a partir de documentos-base que, tras un arduo proceso deliberativo, terminan convirtiéndose en textos de consenso que incorporan las diversas sensibilidades que puede albergar el partido en cuestión -cuando no se trata de intereses y corrientes más que de sensibilidades- las líneas argumentales estratégicas y los elementos de oposición al resto de partidos.

Así se pierde la personalización, sacrificada por el bien de ampliar la base… Aunque ya no sepan distinguir a qué base se refieren puesto que casi todos los programas se parecen entre sí porque la única ideología que ha sobrevivido es la liberal –“ya no hay una ética socialista que esté fundamentada en una ideología. No queda más que el pragmatismo socialista elevado a la condición de ideología o, si se prefiere, convertido en sustitutivo ideológico”-, el contraste es cada vez más difícil, como ha señalado Giovanni SARTORI, Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, 2005.
 
Su multiplicidad de enmiendas. Quienes acostumbran a corregir compulsivamente sus textos son conocedores del resultado que se obtiene. Es un resultado muy característico: la pérdida de natural armonía que late tras una escritura estrictamente correcta. Parece como si al retocar la palabra, ésta perdiera su armonía natural. Y es que la pierde y con ella, la fluidez que explica de forma entendedora todos los conceptos que se quieren comunicar.
 
Su concepción oratoria. Si los ámbitos de discusión de los programas políticos son los congresos o convenciones y las comisiones, es comprensible que los textos de ellas emanados posean una filiación oratoria. El orador tiene un papel muy importante en la democracia y en la oligarquía. De ahí la trascendencia de esta afectación retórica sobre el discurso político. La afirmación se hace tanto más real al entrar en juego los medios audiovisuales y las redes, que convierten el político moderno en una suerte de “orador de distancia” que, necesariamente, ha de dominar las artes oratorias y escénicas, tendiendo así un puente entre la cultura clásica, la posmodernidad y la era de la información.

Sin embargo, hay que lamentar que este convertirse en un “orador en la distancia” confunda a algunos políticos y les hace situarse en la línea de los influencers y no de los referentes estadistas que dicen ser. Así pues, ante un auditorio equivalente a una hiperasamblea, se prefiere el tiempo futuro al presente porque así se eximen de las posibilidades de realización y cumplimiento y la banalidad o el ataque despiadado al adversario para evitar el pensamiento crítico.

Por otro lado, con respecto a la intencionalidad podemos señalar: 

?Que se esfuerza para hacer comprensibles conceptos complejos e incomprensibles conceptos sencillos El lenguaje político es el más interesado de todos los lenguajes, orientado a objetivos: de satisfacción comunicativa, de persuasión, de control…, es decir, el lenguaje siempre busca alcanzar un resultado. Y hoy en día, a cualquier precio. Además, está fuertemente condicionado por intereses ideológicos o de poder, cuando no de manipulación de las realidades sociopolíticas. Esto es especialmente preocupante, puesto que “el lenguaje no sólo es capaz de aportar valiosos conocimientos, sino que contribuye también a aceptar muchas insensateces que luego es difícil erradicar”. Esta dependencia se concreta en introducir cada vez más palabras y expresiones que son más parecidas a exhortaciones dirigidas a un conjunto de fanáticos de obediencia ciega, que no a personas con ideas propias, afinidad hacia un partido y capacidad de discrepar y proponer otras alternativas. 

Generalmente se busca acercar (hacer comprensible) la jerga técnico-política cuando ésta expresa algo provechoso para los intereses del partido implicado. En caso contrario, cuando la realidad no conviene ser conocida, se recurre al circunloquio, la impenetrable expresión, el lenguaje críptico, el insulto y la amenaza. Finalmente, cuando ello no es posible, siempre queda el eufemismo o la mentira como disfraz de los hechos indeseados. Y el lenguaje político de las democracias occidentales cada vez se parece más a de los regímenes totalitarios por mucho que busque una línea de la persuasión pragmática, y que sea o parezca plausible y veraz.

Es totalmente oportunista, por ello asegurará:
 
Su racionalidad entendida como una presunción de infalibilidad que hunde sus raíces en un racionalismo planificador. Sin reconocer que se va sumergiendo en la afectividad descontrolada (no en la Inteligencia Emocional) con lo cual sólo permite la adhesión o el rechazo, y es más susceptible de ser utilizado para manipular.
 
Su baño de aparente pragmatismo, derivado fundamentalmente de la certeza de la detección de necesidades sociales, a través de los múltiples métodos de estudio de la opinión pública, y su atención mediante propuestas concretas e inmediatas. Sin admitir que desconoce realmente las necesidades de una sociedad que cambia tan rápidamente como las nuevas tecnologías y que algunos de sus estudios están adecuadamente afiliados a la ideología que quieren defender.

Su despersonalización, esta característica derivada de la primera condición que citamos: la autoría colectiva. Ello se traduce en la construcción de frases impersonales como las que pueblan los programas políticos: “Una energía limpia”, “Una política para el empleo”, etc. Ello afecta también a las formas verbales, y por eso los infinitivos compiten en predicamento con los gerundios: “Reforzar la innovación”, “Defendiendo el campo andaluz”, etc. El empleo del impersonal “se” viene a completar este punto. No busquemos un “nosotros” salvo en los triunfalismos.
 
Su opacidad, derivada del imperativo intencional que convierte en ininteligible todo lo que no interesa que se entienda.
 
Otras características secundarias pueden resumirse en:
 
El uso de la segunda persona del plural para conseguir un doble efecto de cohesión interna en el partido y de implicación del destinatario en el proyecto político, es decir, el votante. Pero insisto, nunca de la primera persona del plural: sería asumir demasiada responsabilidad.
 
El empleo de la tercera persona sirve también a un doble objetivo: para permitirse afirmaciones que, de hacerse en primera, resultarían de una arrogancia excesiva: “Este partido logrará…” y para distanciarse de hechos negativos: “El paro es un problema…”. “La cifra de infectados por Covid es de …”. Cuanta mayor despersonalización, menor asunción de compromiso y de cercanía.
 
Ciertos residuos imperativos anidan aún en el lenguaje político: las cosas deben hacerse de tal forma, es precisa tal actuación, etc. ¿Por qué? Sería la pregunta adecuada para iniciar un debate transformador.
 
Todos los partidos se autoerigen en solución y, lo que es peor, en una única solución: “Solo actuando de tal forma contra la inflación conseguiremos…”. Bueno, aquí sí que encontramos la primera persona del plural, pero es porque se atribuye el mérito de una solución que aún no se ha llevado a la práctica y por lo tanto no se ha podido demostrar.
 
Finalmente cabe destacar que la lengua política es, desde el punto de vista lingüístico, heterogénea, “en el sentido en que en ella conviven vocabularios diversos, desde el científico o técnico […] hasta el coloquial o familiar […]”. Y, lamentablemente, el vulgar, soez y mezquino. No debería ser así. Porque pierde el efecto de grandeza a la cual debería aspirar cualquier estadista.
 
En definitiva, la impresión que uno saca al escuchar un mitin o leer una proclama política actual es que se encuentra ante un producto que es mitad exhortación, mitad adoctrinamiento, y es esta última característica la más molesta de todas, pues acarrea una presunción que no se asienta en la legitimidad democrática. Votamos a nuestros políticos para que nos gobiernen, no para que nos den clases magistrales. Votamos a nuestros gobernantes y les exigimos que sean responsables, también en el uso del lenguaje, no que nos infantilicen, amenacen o ignoren en cualquiera de sus ámbitos de actuación.
 
Recordemos que para Stuart Mill eran dos las grandes condiciones del Gobierno: “La responsabilidad con aquellos en cuyo provecho el Gobierno debe funcionar y se propone funcionar” y “el ejercicio de esta función, para que sea debidamente cumplida por espíritus superiores a quienes largas y profundas meditaciones y una disciplina práctica hayan preparado a esa tarea especial”. También afirmó Mill  que “los hombres no son infalibles” y que deben ser conscientes de que “sus verdades, en la mayor parte, no son más que verdades a medias; que la unanimidad de opinión no es deseable, a menos que resulte de la más completa y libre comparación de opiniones opuestas y que la diversidad no es un mal, sino un bien, hasta que la humanidad sea mucho más capaz de lo que es el presente de reconocer todos los aspectos de la verdad”.
 
De todo ello tiene mucho que aprender nuestro discurso político, al que iría bien, incluso electoralmente, una buena dosis de humildad y otra de responsabilidad. Es decir, una buena dosis de humildad en la responsabilidad. Si es que de verdad quiere construir, conjuntamente con los ciudadanos de cada país, un proyecto de futuro verdaderamente democrático y verdaderamente noble… Si no, habrá que desenmascararlo.

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