Todavía estamos a tiempo

Una llamada a la lucidez colectiva Todavía estamos a tiempo.

viernes, 29 de mayo de 2026
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A tiempo de un mundo más consciente, más humano y más digno de la grandeza que podemos alcanzar como especie. A veces lo olvidamos, atrapados en la velocidad de un presente que no siempre sabemos interpretar. Pero estamos a tiempo de comprender lo que está en juego y de actuar con la lucidez que este momento histórico exige.
 
Europa —y también otros lugares del mundo— se encuentra ante unas disyuntivas profundas. La técnica avanza a un ritmo que supera nuestra capacidad emocional para digerirla, y mientras tanto, empresas, actores políticos y poderes económicos consideran legítimo utilizar nuestras emociones para vender más, influir más o controlar más. Por eso es urgente comprender cómo funcionan nuestras emociones y cómo funciona nuestro cerebro. Porque quien conoce estos mecanismos domina el relato. Y quien domina el relato, domina el comportamiento.
 

PROTEGER LO ESENCIAL
Infancia, vejez, identidad y democracia

 
Ante estos avances, necesitamos tomar partido. Y el primer territorio que debemos proteger es la infancia y la adolescencia. No podemos permitirnos fracasar en algo tan esencial como garantizar un entorno seguro para quienes aún no tienen las herramientas emocionales ni cognitivas para defenderse. Las cifras de suicidio adolescente crecen, y ese dato, por sí solo, debería ser un grito que nos despierte como sociedad.
 
El segundo territorio es la vejez. No solo desde la atención, sino desde la prevención que amplía la calidad de vida, sostiene la autonomía y reconoce la dignidad de quienes han construido el mundo que habitamos. El tercero es el edadismo, esa discriminación silenciosa que margina a quienes no crecieron con las nuevas tecnologías y que, sin embargo, podrían aportar una mirada valiosa a los trabajos más innovadores si se les ofreciera una verdadera alfabetización digital.
 
El cuarto territorio es el modelo de país en el que queremos vivir. La globalización, que durante décadas se presentó como un horizonte inevitable, empieza a cerrarse. Y en ese cierre, las identidades propias recuperan un valor profundo: son universos que permiten interpretar el mundo de un modo particular, amplio y único. Cada vez que muere un pueblo muere una galaxia de conocimientos, de formas de mirar la vida, de sabiduría acumulada. Si el camino es la democracia, debemos preguntarnos cómo modernizarla para que siga siendo un espacio de convivencia y no un ritual vacío.
 

LA BRECHA QUE NO ES SOLO DIGITAL
Administración, confianza y ciudadanía

 
Si queremos avanzar, necesitamos comprender el impacto real que tiene la Administración Pública en la vida cotidiana de los ciudadanos. La técnica nos permite realizar trámites por internet en aproximadamente la mitad de los casos, pero la otra mitad sigue fallando. Y millones de personas no se sienten seguras, no saben cómo hacerlo o no entienden el lenguaje digital que se les exige. Esta brecha no es solo tecnológica: es emocional, pedagógica y social. Nos obliga a mejorar procesos, acompañar a los usuarios y alfabetizar digitalmente a quienes más lo necesitan. Nos obliga a prepararnos a fondo.
 
Porque el mundo digital también necesita de valores compartidos. Sin ellos, la brecha seguirá creciendo. Y en la Administración Pública, donde cada vez se solicitan más datos personales, ha llegado el momento de exigir una contrapartida clara: mejores servicios y una protección de datos de alto nivel. Si estos requisitos no se cumplen, la Administración pierde el derecho moral de pedirlos. Los derechos digitales son ya una frontera decisiva: pueden abrir la puerta a la libertad o convertirse en el muro de nuevas formas de control.
 
Incluso en las redes sociales, donde supuestamente todo es diálogo, las investigaciones muestran que la mayoría de los políticos no escuchan a los ciudadanos y que los ciudadanos no se sienten escuchados por ellos. ¿Cómo esperar entonces que se genere confianza? El beneficio económico no puede ser la prioridad absoluta ni en la tecnología ni en la gestión pública. Necesitamos acelerar la participación activa. La democracia debe recuperar visibilidad y vivacidad. La participación es el primer paso. Recobrar la confianza, el segundo. Sin confianza, crece la desmovilización, la renuncia y la tentación de los extremos, que pueden erosionar las bases mismas de la convivencia democrática.
 
Pero no confundamos la visibilidad con la democracia. Las redes han demostrado que quien domina la ambivalencia del discurso gana influencia, aunque su finalidad no sea democrática. Se ha detectado un patrón inquietante: creces en número de seguidores si te creas nuevos enemigos. Un insulto puede convertirse en un salto cuántico de visibilidad. Y esto nos obliga a reflexionar cuándo vale la pena iniciar un debate respetuoso y cuándo una crítica solo alimenta al oponente. Cada vez es más difícil encontrar debates asertivos; se impone el insulto fácil y la discusión intensa.
 
Vivimos en un mundo post internet, post estados, donde se viraliza la porquería intelectual. Crece el interés cuando crece la vulgaridad. Porque es mucho más difícil crear contenidos que despierten curiosidad, creatividad y asombro. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que necesitamos: inteligencia profunda, responsabilidad social y construcción de sentido.
 

EL LABERINTO DIGITAL
Plataformas, vigilancia y soberanía

 
Para comprender el momento actual, necesitamos observar con atención el paradigma digital en el que nos movemos. En nuestras acciones cotidianas podemos quedar atrapados en patrones dentro del patrón. Cuando surgió la primera gran red social, Facebook, se convenció a los publicistas de que era rentable llegar a audiencias muy concretas. Años después, los beneficios se redujeron y se habló de pivotar entre redes. Después apareció una nueva plataforma que amplió la base, multiplicó la interacción y transformó la lógica del ecosistema, el Metaverso. Y se puede reconocer que, al final, quienes ganaban millones eran los fundadores de los códigos, no los actores que alimentaban la infraestructura. Todos atrapados en un sistema que mueve el mundo tecnológico, excepto a quienes lo diseñaron.
 
Conviene recordar algo esencial: los políticos trabajan para los ciudadanos, no para los propietarios de estas plataformas. Aunque a veces parezca lo contrario. Nos escandalizamos por los programas espía, pero dentro del ecosistema digital ya existen herramientas que observan, registran y trasladan cientos de datos sobre cada uno de nosotros. Y aunque la Unión Europea legisle, es fácil esquivar las normas mediante delegaciones estratégicas en países con regulaciones más flexibles.
 
Quizá hoy nos ayudaría recuperar la filosofía del software libre, aquella que hace años defendían científicos que parecían excéntricos. Tal vez una nube universal, abierta y soberana, podría limitar el control que ya se ejerce sobre nuestra vida privada. Pero no es la solución definitiva. Y mientras ese horizonte llega, es imprescindible que cada persona sea consciente de algo fundamental: si quiere preservar lo que realmente valora en formato digital, debe tenerlo almacenado fuera de línea. Solo así podrá protegerlo pase lo que pase.
 
Pase lo que pase significa que mientras anhelamos un nuevo Renacimiento digital —o participamos en su construcción— debemos prepararnos para múltiples escenarios. Necesitamos un internet que apueste por los individuos y por las naciones soberanas. No un internet que decida qué podemos ver y qué no, que haga desaparecer archivos, que altere hechos, que modifique recuerdos o que determine qué ha existido y qué no. Porque quien controla la memoria controla la trazabilidad de la Historia.
 
También debemos estar preparados para los múltiples rostros de las estafas digitales: phishing, scam, spam, cibercrimen, hackeos que atacan directamente a grandes instituciones o empresas privadas. Y reconocer que, por mucho que nos preparemos, los ciberdelincuentes a menudo siempre van un paso por delante. La cuestión es no ponérselo fácil. Y para eso necesitamos formación. Programas o másteres en inteligencia artificial o ciberseguridad deberían ser ya una necesidad transversal en cualquier especialidad del conocimiento. Igual que los contenidos que nos ayuden a gestionar el estrés, la incertidumbre y a comprender mejor nuestras emociones y el funcionamiento de nuestro eje cerebro corazón sistema entérico y cuerpo.
 

EL MODELO DE PAÍS QUE AÚN PODEMOS ELEGIR
Geopolítica, recursos y responsabilidad

 
En paralelo, debemos decidir qué modelo de país queremos. Y, sobre todo, cuál tiene posibilidades reales de prosperar en un mundo que cambia a gran velocidad. ¿Un modelo hiperliberal como el de Estados Unidos, donde las grandes tecnológicas disputan el poder real? ¿Un modelo hiperrregulador como el de China, que limita derechos y levanta muros? ¿O un modelo europeo que aspira a regular con equilibrio, pero que duda, se fragmenta y avanza con lentitud?
 
Durante décadas, la elección parecía clara: democracia y cierto liberalismo para alcanzar un alto nivel de desarrollo. Hoy, sin embargo, existe un mundo autocrático que también se desarrolla, y lo hace con rapidez. Un mundo que, aparentemente, tiene más facilidad para evitar discrepancias, subyugar oponentes o silenciar descontentos. Ese modelo se convierte en una tentación para ciertas élites del poder. La pregunta es inevitable: ¿qué seduce más, la democracia o la autocracia?
 
Elegir un modelo de país implica enfrentar dilemas simultáneos. No se trata solo de invertir en tecnología o crear hubs de inteligencia artificial. Se trata del uso de la tierra, del agua, de las infraestructuras, de la alimentación de proximidad, de educar para la flexibilidad y para empleos que aún no existen. Se trata de una sanidad avanzada, de un bienestar con consciencia, de evitar que la corrupción devore los recursos destinados a quienes más los necesitan o devore los pilares de los estados.
 
Tampoco podemos obviar el debate sobre la defensa. El escenario geopolítico cambia con rapidez y Europa no está preparada. Las principales cancillerías se han inclinado por un rearme acelerado, con inversiones millonarias en armamento y, como contrapartida, recortes igualmente millonarios para la sociedad civil. Pero el mensaje a los ciudadanos no puede ser que ellos son el problema ni que existen ciudadanos de primera y de segunda. El mensaje debe ser otro: somos responsables de nuestro país y de vuestro bienestar. ¿De qué podemos prescindir? ¿Sueldos vitalicios, opacidad, exceso de asesores, procesos ineficientes? Ese podría ser un comienzo. Buscar el mayor bien posible pide un tipo de liderazgo muy distinto al que escuchamos hoy.
 
Europa —y probablemente muchos otros países— necesita un debate abierto, plural y transversal sobre el modelo de país que quiere construir. Algunos copagos en servicios públicos pueden entenderse si existe la confianza de que no hay corrupción en las instituciones y de que la delincuencia no queda impune. También es esencial garantizar la integridad de los discursos públicos, saber que no responden a fórmulas opacas financiadas por lobbys que alejan la vida pública de una inteligencia social basada en la identidad, el respeto y la integración armónica.
 
A medida que se conocen más los mecanismos de la Administración Pública —en parte gracias a buscadores impulsados por inteligencia artificial— se vuelve inaceptable gastar dinero público para privilegiar a unos pocos. Eso sí es incompatible con la democracia.
 

LA ACELERACIÓN QUE NOS INTERPELA
Ciencia, ética y humanidad

 
La tecnología —y especialmente la inteligencia artificial— está empujando todos los ámbitos de nuestra vida. Y no podemos permitirnos perder este tren innovador. En medicina, por ejemplo, la IA ya permite acelerar el descubrimiento de combinaciones moleculares para tratar enfermedades en un margen de cinco o seis años respecto a los equipos farmacéuticos tradicionales. Esto abre una ventana de esperanza para quienes padecen cáncer, Parkinson, artrosis, ELA y tantas otras patologías. Las pruebas en seres vivos siguen requiriendo tiempo, pero el proceso de investigación, validación y lanzamiento de nuevos fármacos se acorta de manera significativa. Y eso reduce costes y amplía el acceso. Es un ejemplo claro del buen uso de la IA.
 
Pero toda buena noticia necesita ir acompañada de reflexión. La Historia demuestra que el ser humano no utiliza los avances únicamente para avanzar, sino también para dañar. La diferencia es que ahora la aceleración es tan grande que, sin preparación, el impacto puede ser demoledor. Solo una sociedad formada, con debates éticos sólidos y valores compartidos como confianza, empatía, creatividad, libertad, respeto, compromiso y pensamiento crítico, podrá convertir estos tiempos convulsos en una oportunidad.
 
En el debate sobre la IA, algunos defienden el ciberhumano, los chips en el cuerpo, la monitorización constante. Otros lo rechazan frontalmente. Pero esta tecnología ya se está aplicando, con consentimiento o sin él. Y lo que está en juego no es menor: los derechos humanos, con nuevos derechos y nuevas responsabilidades que aún no hemos terminado de definir.
 

CONCLUSIÓN
La oportunidad de cuidarnos

 
Todavía estamos a tiempo.
No para volver atrás, sino para avanzar con más lucidez, más humanidad y más coraje del que hemos demostrado hasta ahora. No podemos mirar hacia otro lado. Lo nuevo ya ha crecido ante nuestros ojos y, si no aprendemos a dialogar con ello, corremos el riesgo de convertirnos en esclavos de su velocidad. La técnica no espera. La Historia tampoco. Pero nosotros sí podemos elegir cómo responder.
 
Este puede ser el momento del ser humano si nos alzamos con la grandeza que llevamos dentro. El momento de recordar que la inteligencia no es solo cálculo, sino conciencia; no es solo eficiencia, sino sentido. Este puede ser el momento del planeta si aprendemos a vivir con un equilibrio sabio, entendiendo que no hay progreso posible sin cuidado, sin límites, sin respeto por la vida que sostiene la nuestra.
 
Y también puede ser el momento en que viajar a las estrellas sea compatible con viajar al fondo de la mente y del corazón. El momento en que la innovación conviva con la compasión. El momento en que construyamos un mundo habitado por hombres y mujeres fuertes, sensibles, creativos, responsables, generosos y con voluntad de sentido.
 
Porque es necesario.
Porque es urgente.
Porque nos lo merecemos.
 
Démonos la oportunidad de cuidarnos y de cuidar. De proteger lo que importa. De elegir con claridad el tipo de sociedad que queremos dejar en herencia. Seamos la especie que comprendió, a tiempo, que sin cuidado no hay hogar posible.
 
 

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