Imaginen un cerebro humano. Un órgano vivo, plástico, moldeable. Un órgano que cambia cada día según aquello a lo que lo exponemos. Ahora imaginen que ese cerebro —el suyo, el mío, el de nuestros hijos— recibe cientos de microestímulos diarios: notificaciones, likes, mensajes, vídeos de diez segundos, vidas editadas, recompensas inmediatas. La pregunta que nos convoca no es tecnológica, sino profundamente humana: qué le ocurre a un cerebro cuando vive en un ecosistema diseñado para capturar su atención, moldear su conducta y reconfigurar su forma de relacionarse.