Educación para todas las personas

Una comunidad que vive para la comunidad es una más justa y feliz. El reto es que cada uno de nosotros se proponga hacerlo en su propia comunidad.

miércoles, 19 de junio de 2019
Educación para todas las personas
Una comunidad que vive para la comunidad.
En junio, visité Oklahoma City como parte de una gira internacional para una de las organizaciones que trabajo. El tema en la agenda era educación y mi rol era ser parte de una comitiva que participaba de una serie de capacitaciones y visitas a escuelas y universidades de la región. Fue de esa manera como descubrí la institución educativa The Little Light House, una organización que se encarga de dar calidad de vida a niños y niñas con necesidades especiales con edades que van desde el día del nacimiento hasta los seis años.
La forma de mejorar la vida de los chicos y chicas que llegan a The Little Light House es por medio de la educación y los servicios terapéuticos que se ofrecen de forma gratuita desde el año 1974 en la ciudad de Tulsa, Oklahoma. Debo decir que es admirable el trabajo que hacen cada una de las personas que laboran en ese lugar, pues sin importar cuál sea el inconveniente físico o intelectual que presente la persona, la educación brindada por el equipo de especialistas es de calidad, personalizada e integral… doy justo en el blanco al decir que fui testigo de un hermoso lugar. 

Hay un detalle que hace aún más místico este centro educativo y es que, como ya lo mencioné, las familias no pagan ningún costo por tener a sus hijos ahí, aun cuando el Estado no brinda  ningún apoyo económico. Salta a la mente una pregunta obligatoria: ¿cómo se sostiene una organización de este calibre? La respuesta que descubrí es maravillosa: una comunidad que vive para la comunidad. Este pequeño cuento hecho realidad tiene las siguientes características: hay generosidad por parte de algunos donantes quienes han visto un lugar para invertir su riqueza y donde ésta se convierte en una generadora de sueños. Por otro lado, las familias se comprometen a donar 40 horas de servicio como parte de su gratitud para con la institución. Además, durante las tardes y los tiempos de vacaciones es usual ver a jóvenes que cursan la secundaria prestar su tiempo libre como voluntarios y lo que reciben a cambio es experimentar la gratitud en las miradas de los y las niñas. Las universidades locales, por medio de algunas ingenierías, desarrollan materiales únicos para los chicos. De igual manera las iglesias locales apoyan el sueño y lo mantienen siendo una realidad a través del voluntariado y las donaciones. 

Al ver todo este movimiento idílico de una comunidad que se apoya y que crece sin dejar de lado a ninguna persona, me hace sentir esperanza y querer creer que lo que he visto en ese lugar se puede repetir en cualquier otro en donde la comunidad viva para la comunidad. Después de esta experiencia, se queda conmigo el tesoro de las fotos mentales de aquellas caras de felicidad en los maestros y de la satisfacción que irradian esos niños y niñas. Definitivamente, una comunidad unida es poderosa y fuerte para lograr cuánto se proponga, pero requiere que el esfuerzo del prisma social que la compone sea real y genuino. Debe ser un lugar donde haya amor por la otredad y ganas de luchar por aquello llamado equidad. 

Concluyo con un reto: si la experiencia que retraté se trata de una comunidad que vive para una comunidad, el desafío es que nosotros mismos seamos parte de la comunidad que vive, trabaja y lucha por tener a su lado personas que vivan en una sociedad más justa y feliz.
 

¿Tenés una idea de proyecto o negocio que puede ayudar a tu comunidad? Te ayudamos a desarrollarla. 

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